A ese espíritu libre, apasionado y fuerte, que inspira respeto y por ser salvaje, temor; lo observo con admiración desde la distancia, oculta entre un manto verde, que se ondea suavemente con la brisa cálida de otoño.
Curioseo el imponente espectáculo de nobleza e inteligencia y me animo a dar pequeños pasos, acortando el trayecto; con la certeza de que me examina, pero con la esperanza que mi atrevimiento, despierte su interés.
De ese ser rebelde y obstinado, surge el instinto protector y sociable, el cual le impide escapar. Desde su altura, con recelo me observa, sostengo su mirada penetrante. Creamos lentamente un vínculo, armonioso y profundo.
Sigilosamente lo rozo y empiezo a intuir la intensa sensibilidad, que lo inquieta, pero a la vez, lo complace. Lo acaricio suavemente y todos sus sentidos vigilantes me revelan confianza y suscitan un encuentro mágico.
Nuestras almas se acercan, se abrazan, las mentes libres y emotivas se conectan, nos vemos, nos reconocemos, nos respetamos.
Cabalgamos, somos uno, que magnífica paz. Siento el viento en mi rostro, me dejo llevar y sueño en un realidad imaginaria donde todo es posible.